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Hermenegilda Ibisate

Modista y ama de casa (90)

Nuestra eterna confidente

Nuestra madre fue la mayor de doce hermanos. Eso le llevó, desde bien pequeña, a ser una eterna cuidadora. Primero cuidó de ellos, luego de sus suegros, de su marido con alzhéimer y de su madre hasta los 102 años. Vivía en un caserío del polvorín, donde acogía a todo el mundo con los brazos abiertos. Creo que por ahí ha pasado medio Vitoria, por lo menos.  Fue una mujer con buen humor y buen hacer. Un par de caídas la mermaron bastante, pero nunca se llegó a quejar por nada. No podría existir un ser más maravilloso. Como madre, la mejor del mundo. Siempre tratando de enseñarte, de asesorarte,  de darte una libertad bien entendida. Decía que a veces había que perder para poder ganar. Era pura sabiduría. En una sociedad llena de soberbia, destacaba por ser lo contrario: una mujer al servicio de todo el mundo. Sabíamos que el mundo con ella era un poco mejor. Dispuesta a estar a tu lado. Noche y día. Sin condiciones ni favores de vuelta. Simplemente una eterna mediadora. Ahora que te has ido, mamá, tus tres hijos, tus ocho nietos y tus cuatro biznietas te vamos a echar de menos. Pero no te disgustes. Está siendo todo muy emocionante. La gente guarda muy buenos recuerdos sobre ti. Desde pequeños hasta mayores. Has dejado una huella imborrable entre nosotros. Donde quiera que estés, sigue siendo la luz del camino. Toda la vida te seguiremos recordando.