Mercedes Sierra Gómez y Consuelo Aras Quintana, las dos personas más longevas de Bizkaia a sus 107 años largos, son dos de los 14.487 centenarios que viven en España, 548 en Euskadi. Representan bien el perfil de esta población, que crece a un ritmo anual de un 6%: mujer, viuda, que vive con su familia o en una residencia, con algún problema de movilidad, con pérdida de oído o de vista y con una memoria algo mermada. España es uno de los tres países más longevos del mundo. La esperanza media de vida es de 82,2 años, por detrás, a sólo unas décimas, de Japón y Francia. Aquí la población que más crece es la de 80 años o más.
Ahora mismo hay casi 500.000 personas en el mundo con más de cien años, el equivalente a las personas que atrae cada año la Aste Nagusia. Alcanzar esta franja de edad en los tiempos antiguos era comparable a la rareza actual de los centenarios. Pero hoy la longevidad que antes parecía solo propia de los patriarcas bíblicos empieza a ser bastante común. Estamos abocados al deterioro y al envejecimiento. La senectud es el territorio donde cada ser humano pasará una buena parte de su vida... si se tiene la estupenda suerte de no morirse. Pero la sociedad no tiene especial sensibilidad por estos mayores. Al fin y al cabo, son poco reivindicativos y tienen poca capacidad de presión. ¿Se los imaginan haciendo una huelga? No paralizaría nada.
Poco se sabe sobre de la realidad de aquellos que han alcanzado el umbral del siglo en Bizkaia. EL CORREO ha identificado una veintena de casos; dos hombres y 18 mujeres de entre 100 y 107 años, los protagonistas de este reportaje. Son seres excepcionales. Tienen un índice de resistencia a la oxidación y un metabolismo diferente. Suman entre los veinte 2.026 años.
Son personas que exigen poco, la muestra de que la lozanía atraviesa generaciones, de que ya no es imposible tener tatarabuela, de que se pueden utilizar los recuerdos como un estímulo y no como la frustración de lo que fue y ya no puede ser, y de que, puesto que no lo pueden controlar, es más soportable sentir que no son presos de su cuerpo. La historia ha demostrado que los más sabios fueron personas muy ancianas, pues la sabiduría va en aumento con el tiempo. En este grupo variopinto se ve enseguida que perciben el mundo en su totalidad. Las nuevas investigaciones sobre la medicina del antienvejecimiento permiten llegar a la optimista conclusión de que pronto se llegará con plenitud 120 años. En esas están.

107
MERCEDES SIERRA GÓMEZ
En los últimos años, hasta que perdió visión, ha hecho tapetes de encaje y unas 60 bufandas del Athletic.
«La memoria es demasiado larga. no se me olvida nada»
Mercedes Sierra (Bárago, Vega de Liébana, al pie de los Picos de Europa, 23 de junio de 1909) llevaba «trenzas largas» cuando entró a trabajar de empleada doméstica «en casa de unos señores de Bilbao» y cuenta que le cambiaron el peinado para que no pareciera una niña. Reconoce que «los que vivimos tanto estamos descarrilados» y que a veces le pesa no haber olvidado «nada, ni lo bueno ni lo malo». «Me gusta recordar cuando con ocho años tuve que dejar la escuela e ir con mi difunta abuela a trabajar al campo. Todas esas cosas las tengo presentes y pienso que ya no sirvo para nada». Mercedes ha estrenado audífonos, tiene buena salud y, según sus médicos, «los 108 años garantizados». Desgrana con todo lujo de detalles los momentos vitales de su vida. Habla de Manuel, su primer novio, de cómo conoció al que fue su marido en el «chicharrillo de La Casilla» y de que les casó «el sacerdote de los gitanos» en San Antón. «La memoria es demasiado larga», señala sentada en una estancia de la Institución Benéfica del Sagrado Corazón de Jesús en Monte Avril, Bilbao, donde reside desde hace 21 años. Cuando se le pregunta por el secreto para vivir tantos años responde que «soy de poco comer, cuando estaba en mi casa, de estilo régimen». «Así que vivir hasta que Dios quiera, ya sea hasta los 120, pero espero que me recoja antes. Y después, lo que me tenga preparado, me sacará las faltas». Le gustaría «poder seguir haciendo a punto bufandas del Athletic». A San Mamés nunca fue. «Mi marido, por no gastar...», se ríe. «Pero el periódico no lo perdonaba y yo escuchaba lo que él me leía».

105
ESPERANZA GONZÁLEZ CAPELLÁN
Hasta los 102 se pesaba todas las semanas para no engordar. A sus nietos les dice que se casen, pero que no tengan hijos, «eso es un sinvivir».
«Enviudé y no volví a comer pollo nunca más»
Ella es la última viuda de guerra que queda en Euskadi. A su marido, Federico, republicano, lo mataron al año de casados, «cuando estaban bombardeando La Casilla». Desde entonces, Esperanza González Capellán (Bilbao, 17 de diciembre de 1911), no ha vuelto a comer pollo, «porque era el plato predilecto de mi marido». Pregunta a la periodista si va a redactar una «escribanía». «Ay, madre de mi vida y de mi corazón», repite sin parar de reírse. Esperanza no volvió a casarse, «era el amor de mi vida, no como esas famosas que se casan una y otra vez y que llevan unas medias de pilinguis». «A veces se cree que es joven y que su madre le va a chillar porque lleva mucho rato fuera de casa», señala su nieta, Ana. La abuela dice que «no ha hecho otra cosa que trabajar». Recuerda que de niña se escapaba «con los txerritxus para ir a ver el circo», que tenían huerta, que lavaban la ropa en El Arenal y que su esposo le decía al volver del trabajo, ‘mete la mano en el bolsillo’, donde guardaba castañas calientes. De soltera trabajó de secretaria y, ya viuda, en la fábrica de galletas Artiach y en otra de telares en Deusto, de cocinera, en una pescadería... Fue ver a su hijo sufrir un ictus y morir su hermana lo que empezó a minarla hace dos años. Esperanza se pesaba todas las semanas para no engordar, lleva pantalones «desde hace cuatro días» y siempre ha ido «más limpia que la patena». A sus nietos, que acuden a diario a visitarla a la Residencia Gazteluondo de Rekalde, les dice que se casen y que no tengan hijos, «sólo dan preocupaciones». Su lema: «Se gana más con miel que con hiel».

103
RAFAELA SANZ VARGAS
«Nací en una aldea de 30 habitantes. Antes a los novios los conocíamos en los bailes», recuerda.
«Venimos a divertirnos, pero a mí me toca ya estar quietecita»
«Me veo mayor, nada de joven ya, nunca he conocido a nadie de cien años. No se puede decir nada, quien pueda llegar... Venimos a esta vida a divertirnos cuanto podamos, y ya ha llegado el tiempo en que no puedo hacer más. Son muchos años y viviré lo que Dios quiera. Yo muchas veces me deseo la muerte porque no hago más que estorbar, es lo que me parece». Rafaela Sanz Vargas (Jaray del Campo, Soria, 23 de octubre de 1913, y en Bizkaia desde hace 40 años) es una mujer inquieta y «de temperamento» a la que le gusta jugar al guiñote (tute) y a los bolos. «Quitando las cesáreas no he tenido ninguna enfermedad. Estoy operada de cataratas, pero aún puedo leer sin gafas», explica. Echa de menos andar «a mi aire, si por mí fuera estaría todo el día en la calle, me iría por ahí, a correr. A Portugalete no he llegado a ir. Pero ahora como no puedo, me quedo quietecita». Nacida en una aldea habitada por una treintena de personas, se acuerda «de las amigas de la escuela» y de cómo jugaban en la plaza. «Estando en el pueblo conocí a mi marido en el baile. En los bailes conocíamos entonces a los novios. Enseguida nos casamos». Rafaela, atendida en la Residencia Igurco Unbe de Zamudio nota que se le olvidan algunas cosas. «De la guerra no me acuerdo, por ejemplo, o no me quiero acordar». Le gusta presumir y adornarse con pulseras, pendientes, anillos... «He tenido el pelo largo y estos son mis rizos», comenta. También dice que se le están durmiendo los pies, «pero qué remedio queda más que aguantar».

103
MARÍA LUISA MARTÍNEZ DE HIDALGA
«Tuve un novio, Esteban, al que mataron en la guerra. No era muy guapo, pero para mí era majo. Le echo de menos».
«¿Mi secreto? No haber tenido que aguantar a marido ni hijos»
«A lo mejor llego a 120, no me siento nada mayor. Estoy bien de salud y la memoria la tengo bastante bien. Yo he sido de poco comer. Ahora hay mucho vicio de tabaco y de todo y la gente no llega a tanto». María Luisa Martínez de la Hidalga (Bilbao, 23 de enero de 1913) cree que «no haber tenido que aguantar a marido ni a hijos» le ha permitido alcanzar la senectud con años, salud y ánimo, tanto como para cumplir 104 en apenas unos días. Una serie de circunstancias adversas, no obstante, fueron las que le llevaron a esta situación. Confiesa que tuvo un novio, «se llamaba Esteban», «para mí era majo, no era muy guapo», al que mataron en la guerra, «cayeron muchos, le echo de menos». «Me hubiera gustado tener hijos». Me enteré de su muerte por la Prensa, entonces no había televisión. Me quedó esa pena, fue muy duro. La vida es así. Fue una época en la que pasamos más hambre que hambre. Éramos ocho hermanos. Entonces se tenían todos los hijos que Dios te daba. A mí me pusieron María Luisa por San Luis Gonzaga». Esta mujer no ha fumado nunca, si acaso, ha tomado «un poco de vino en las comidas». Estas navidades ha hecho de lavandera en el Belén viviente de la Residencia Kirikiño, donde lleva dos años. «Hasta los 101 años viví con mi hermana, veinte años menor. Empecé a caerme en casa y ahora estoy aquí». Trabajó desde los nueve años como sastra en un taller de Bilbao, en la calle Euskalduna. «No sabía hacer otra cosa que coser. Me gustan las mujeres con vestido, yo soy muy antigua. Sólo una cosa me hubiera gustado hacer: viajar a Estados Unidos».

102
MARÍA ÁNGELES EIZAGUIRRE SAN PEDRO
Nacida en el número 1 de la calle Lutxana de Bilbao, nunca se casó. «Tuve una oportunidad, pero preferí cuidar de mi hermana enferma».
«Antes la merluza era merluza, no como ahora»
«¿Cómo voy a presumir de joven?», se preguntaba hace unos días María Ángeles Eizaguirre San Pedro con coquetería en la Casa de la Misericordia. Nació el 9 de febrero de 1914 en el número 1 de la calle Lutxana de Bilbao. ¿El secreto de su longevidad? «Creo que es porque he trabajado toda mi vida», confesaba. De taquimecanógrafa y de secretaria del arquitecto Tomás Bilbao Hospitalet. «De cosas de ahora no recuerdo tanto, pero de las de antes, todas. ¡Me he tirado hasta a la ría!», revelaba. Aquello sucedió en su época como empleada en Hijos de J. Bilbao Goyoaga, en Deusto. «Era un 28 de febrero. Tenía que pasar a Olabeaga y cogimos el bote un compañero mío y yo. La ría estaba muy mal, de ‘aguaducho’. El compañero se tiró a la ría y yo detrás, con zapatos y todo. El abrigo me sirvió de flotador, al mojarse cogió peso y se levantó hacia arriba. ‘¡Virgen, sálvame!’, me dije. Me sacaron y me hicieron beber unas copas, no sé cómo no cogí una borrachera». María Ángeles nunca se casó. «Tenía mi casita y cuidé de mi hermana, enferma, con la que he vivido hasta que cumplió 93 años. Sí, tuve una oportunidad de casarme, pero tenía que irme a vivir fuera de Bilbao. Y cómo iba a hacer con mi hermana...». Las cosas, decía, son ahora «muy distintas». «Antes se disponía de menos dinero. Se comía mucha sardina y chicharro asado, venían las de Santurce, no cantando, pero sí muy saladas con la cesta en la cabeza... La merluza era merluza, ¿ahora de dónde la traen?».
* María Ángeles falleció el miércoles, pero su familia quiso mantener su testimonio en este reportaje como homenaje póstumo.

102
MERCEDES TRELLES ÁLVAREZ
Con los hijos ya mayores, emigró de Boal (Asturias) a Bilbao, donde su marido trabajó llevando en camión el mineral de hierro desde San Adrián hasta Altos Hornos.
«No recuerdo los años que llevo viuda, de tantos que son»
En la familia de Mercedes Trelles no se explican por qué han celebrado siempre su cumpleaños el 28 de febrero cuando en el carné de identidad de esta centenaria de 102 años figura el día 6. Natural de Boal, Asturias, Mercedes dejó de contar la edad cuando llegó a los 90. Hablar del paso del tiempo le pone de mal humor. «Son muchos años, ¿qué más le da? Es de mala educación preguntar los años que tiene una persona, yo no le pregunto eso a nadie. No me interesa dar explicaciones a nadie. Me dicen que he estado casada. ¿Que me he casado? Yo ni me acuerdo, tantos años de viuda que llevo ya. Me da lo mismo», y suelta una risotada. Cuidado, que Mercedes, cuando jura, amenaza con mandarle a uno la Guardia Civil. Emigró a Bilbao años después de casarse y la familia vivió en ‘El caserío’ de San Adrián. Ella en casa con los hijos, y su mardio llevando el mineral del hierro en los camiones a Altos Hornos. «Comíamos cosas de casa. Matábamos un cerdo, teníamos la leche de la vaca... No he estado nunca enferma. Ingresada en un hospital varios días, nunca», explica. La vida en la residencia Gazteluondo de Rekalde se le hace «amena», pero echa de menos echar la partida con las amigas. «Cuando empieza a oscurecer le pido a mi hija Isabel, que tiene 70 años, que me lleve a casa. La noche siempre me ha dado miedo». Hace unos días, los nietos de Mercedes la oyeron recitar una poesía: «Blanca flor, donde naciste, desgraciada fue tu suerte, el primer paso que diste te encontraste con la muerte». Es un poema de Lord Byron. «La historia de una flor que nació en una calavera», les soltó.

101
TRINIDAD RUBIO CALZÓN
En su biografía no hay hijos ni nietos. El próximo día 20 cumplirá 102 años. «No me veo muy arrugada, siento que estoy en la mitad de la vida».
«¿Qué pasa hoy?Estudian y no se colocan. Y los gobiernos no responden»
«No me pregunte mucho que estoy mal de los dientes», avisa Trinidad Rubio Calzón (Posada de Omaña, León, 20 de enero de 1914). En su biografía no hay hijos ni nietos. «La vida de casada la veía muy complicada». Afincada en Bilbao desde los años sesenta del siglo año pasado, puso una ferretería en Irala. «Fíjese, una mujer. No sabía nada de ferretería, pero sabiendo comprar y vender, sabiendo negociar, da lo mismo el producto», argumenta. «Poníamos cerraduras, rieles, cintas de persianas...». A Trinidad le da la sensación de que está «en la mitad de la vida» y quisiera llegar «a muchos más, pero en buenas condiciones, porque si me dejan como una carraca...». Camina con andador. Le hubiera gustado «estudiar una carrera, cualquiera» y viajar. «Lo que me pusieran más imposible he querido hacerlo». «¿Qué pasa con el trabajo ahora? Están estudiando pero no se colocan, y los gobiernos no responden. Eso fue lo que le pasó a mi generación. Por eso nos pusimos a trabajar enseguida». Achaca su longevidad «al codo y al puño, a estudiar y a trabajar». Ha leído «‘El Quijote’ de cabo a rabo» y «también lo he copiado entero con la máquina de escribir». Pero nada de plasmar sus vivencias en unas memorias, eso le parecería «un ridículo» en comparación «con los escritos que hay en el mundo». Trinidad está llena de inquietudes, explica su sobrina Edith, que la visita a diario en la Residencia Gazteluondo. La religión, entre ellas. «La gente moderna no se acopla a las doctrinas de antes», opina a este respecto.

101
EMILIA CAPELASTEGUI OROBIOURRUTIA
Nació en un caserío de Axpe Marzana y no ha tenido hijos. «A Bilbao no solíamos ir. Ha sido mucho tiempo de vida, pero he visto poco».
«De viaje de novios fuimos en tren a san sebastián»
Ha pasado tres días en la cama algo pachucha y antes de la entrevista ha pedido a su compañera de habitación en la Residencia Igurco Orue de Amorebieta, Gloria, que le atuse el pelo, le ponga colorete «natural» y carmín. Con una sobrina consensuó el vestuario que lleva en la fotografía. Emilia Capelastegui (8 de febrero de 1915) prefiere el euskera al castellano para hablar. Dice haberse percatado de que «las chicas de hoy saben más. Antes no nos contaban nada. Vivíamos en el pueblo y entonces no sabíamos nada de la vida, lo que es saber, nada. Pero felices, creyendo que era así. Ha sido mucho tiempo de vida, pero he visto poco». Se ríe al recordar que ella, en su viaje de novios, fue en tren a San Sebastián. Nacida en un caserío en «Axpe de Marzana, en el mismo cruce de Marzana» hace 101 años, debajo del monte Alluitz, donde hoy hay tres restaurantes de buena cocina, revela que echa de menos «caminar como antes», porque «con andador no es lo mismo». En la escuela pasó «muy poco tiempo», además, «era todo en castellano y me arreglaba mejor en euskera». Advierte: «No quiero morir, vivir es cosa bonita. No me enfado con nadie porque si lo hago, luego tienes doble trabajo en hacerte amigo otra vez, pero de ánimo estoy triste. Hay tantas cosas que ya no puedo hacer y todos los hermanos han muerto más jóvenes que yo. Recuerdo cuando era niña e íbamos al bosque a jugar y a bailar, pero se me va olvidando porque no puedo hablar con nadie de mis tiempos. Los años jóvenes eran más bonitos. Más inocentes. ¿Les gusta oír las cosas de antes, verdad? Había mucha inocencia».

101
ADORACIÓN MARTÍNEZ PÉREZ
Dora, como la llaman, vive en la residencia y centro de día Igurco Bilbozar. «Los niños, en la guerra, iban a gatas a un túnel para dormir. Vale más olvidarlo para que no vuelva a pasar».
«Con mi esposo fui muy poco feliz, pero a los muertos hay que dejarlos»
«Tengo demasiados años, pesan mucho. Esta vieja, esta vieja... A mí me dicen vieja. Un día que me miré al espejo me pegué un buen susto. No era la misma de antes, había pasado mucho tiempo. No he vuelto a hacerlo», asegura Adoración Martínez (17 de noviembre de 1915). «Hemos sido trece hermanos y yo era la mayor. Con mi marido fui muy poco feliz... ¿Que por qué? A los muertos hay que dejarlos. Pero en Asturias, sí. Me levantaba a la mañana, abría las ventanas y veía aquel abra, los barcos anclados y otros amarrados a los muelles para coger el carbón. Mis padres tenían bar y lavaban la ropa de los barcos». Dora se remonta a su Musel natal, un puerto marítimo español situado en el concejo de Gijón. «Allí no había más que marinos y pescadores, y yo me acabé casando con un vasco que era marino. Bueno, cuando yo le conocí era camarero. Pero empezó la guerra y se fastidió todo. Eso más valdría olvidarlo. Mi esposo cayó herido y no se recuperó bien de la pierna nunca más». Pero tampoco se quita de la cabeza el día que «los nacionales entraron a Bilbao. El Gobierno vasco puso unos barcos para los que querían marcharse. Nosotros fuimos a Francia, donde enfermé y me quitaron un pecho. Y de allí a Cervera, Lérida, y, un tiempo después, a Bilbao». Por circunstancias, no vivieron como una familia hasta pasados cinco años. «En Bilbao me coloqué de interina con tres vicecónsules de Estados Unidos. Además, limpiaba una oficina de una empresa de construcción. ¿Tiene suficiente para escribir?», pregunta.

101
CARMEN GUTIÉRREZ ASTARLOA
Religiosa de la Compañía Hijas de la Caridad, opina que los teléfonos móviles son «un adelanto», pero que «sirven para la contaminación del aire».
«En el colegio leíamos mucho la vida de santa teresita del niño Jesús»
Lleva 75 años en la Compañía Hijas de la Caridad. «Tuve vocación. En el colegio se leía mucho la vida de Santa Teresita del Niño Jesús y quise ser como ella. Le dije a mi padre, que era médico, que quería ser religiosa. ‘De ninguna manera’, me soltó. Pero seguido me salió sin más decir ‘quiero ser Hija de la Caridad’, y a eso me dijo que sí. Ingresamos 30 chicas y ahora hay tres. Ahora no hay vocaciones, por el bienestar y porque nos hemos mundializado, pero ya volverá a haber. Dice el Papa que hoy hay más persecución a la iglesia que en tiempos de los mártires». Sor Carmen Gutiérrez (Espinosa de los Monteros, 21 de septiembre de 1915) lleva trece años en la Casa Misericordia de Bilbao. Lee el periódico a diario. Ha oído hace poco en Radio María que «unos terroristas han entrado en una residencia y han matado a una empleada». Le preocupa sobremanera. Los teléfonos móviles le parecen «un adelanto» pero que «sirven para la contaminación del aire». «Cada vez que voy a la iglesia y veo a todos los que se tienen que salir durante la misa cuando les suena... Creo que es un abuso. Y me pregunto, qué gasto tienen que tener esos móviles si continuamente están haciendo fotografías». Son Carmen ha sido feliz, pero es una mujer temerosa. «Un día de niñas, estábamos bailando en la plaza. De repente, nos llevaron a una casa sin saber por qué y empezaron los bombardeos, los tiroteos... Decían ‘que viene la columna de Santander’. Ahora cuando veo estos gobiernos, que viene uno u otro, pienso en la guerra. Ay Dios mío».

100
JUAN MIGUEL VIDAL GARCÍA
Fue gudari en el Batallón Simón Bolívar que se organizó a finales de 1937 durante la Guerra Civil. Tiene dos hijas, siete nietos y cinco biznietos.
«Voluntad no me falta, pero fallan las herramientas»
«Las manos y la vista no me acompañan ya, voluntad no me falta, pero me fallan las herramientas». Juan Miguel Vidal García (Luzaide-Valcarlos, Navarra, 5 de junio de 1916) vive con su esposa, Conchi, de 94 años, en su domicilio. Conforman el matrimonio más longevo de Erandio. Llevan 73 años juntos, se conocieron «en el baile». No han reñido nunca. Siempre rigurosos con los horarios de las comidas, «sopa o verduras y pescado y compota a la noche. Antes, alubias casi todos los días». Miguel, como le llaman, ha sido «siempre de ir de casa al trabajo y del trabajo a casa. Cuando iba a algún entierro dejaba el chiquito a medias». Está muy delgado por la pérdida de masa muscular, toma una pastilla para dormir y otra para eliminar líquidos y debe moverse en silla de ruedas. Entró de aprendriz en La Naval con 14 años, antes ya trabajaba como calderero. Hombre de pocas palabras, teme «no decir lo que debo» y pide a las hijas que contesten por él. Le gusta estar con gente. El ojo izquierdo se le cierra por un problema de mácula, la parte de la retina que permite percibir los detalles. Le imposibilita hacer las manualidades que tanto le gustan. Señala una talla de madera que hay en el salón. Hay una maqueta de un barco suya en el Museo Marítimo, con la que ganó un premio internacional en 1954. La del ‘Titanic’ la tuvo que aparcar, «¿quién la acabará?». Recuerda que fue a la escuela a Francia hasta que a los cinco años su padre, funcionario de aduanas, fue destinado a Erandio. Miguel fue gudari, hizo la instrucción en el Colegio de sordomudos de Deusto. «Llevo mal no poder ir solo de un lado a otro».

100
ALMUDENA PEÑA REVUELTA
Fue profesora de francés 30 años. «Si tenía una alumna trasto la ponía mirando contra la pared, pero nunca pegué a nadie. Aprobaba a todas».
«Cogía la ‘enciclopedia Álvarez’ y la leía de arriba abajo»
Almudena Peña Revuelta (28 de febrero de 1916) tiene una hermana, Laura, de 97 años. Nació en el Valle de Mena, Burgos, y hoy reside en la Residencia Las Laceras de Balmaseda. Heredó el amor de su padre por la docencia y se ganó la vida, como él, como profesora. Impartió clases de francés en el colegio de religiosas Josefinas de la Santísima Trinidad de Santander durante 30 años. «Al terminar cogía la radio y me enteraba de todo lo que pasaba. En mis ratos libres me sentaba frente al mar y pensaba o hacía punto de cruz». Allí se ganó «el título de profesora» y una prima le regaló «este anillo –lo enseña– que lleva marcado el año. Me daban 75 pesetas al mes y lo metía en la cartilla». Y antes de eso, de geografía y matemáticas en otro centro escolar de Plasencia, Cáceres, «donde estuvo destinado mi padre, que era maravilloso». «Durante la guerra me mandó a Francia para que no me cogieran los rojos, y allí aprendí el idioma. A mis alumnas les cantaba ‘Valle de Mena, donde yo nací, entre montañucas qué dulce es el vivir’. Nunca necesité regañar a ninguna. Alguna vez que tenía un trasto, le ponía mirando contra la pared, pero nunca pegué a nadie. Sus padres me llamaban ‘Sor Milagros’, porque aprobaba a todas. Yo cogía la ‘Enciclopedia Álvarez’ y la leíamos de arriba abajo, no como ahora que hay ordenadores». Almudena se declara muy creyente. «Yo iba siempre muy bien arreglada, como mandaban los tiempos». Nunca se casó. «Mi hermana dio calabazas a un señor de Balmaseda que luego me tiró los tejos a mí. Le rechacé. Resulta que se murió al de tres o cuatro meses».

100
PAULA GONZÁLEZ MARTÍNEZ
«Me veo mayor, pero no vieja. Pienso que la juventud tiene derecho a disfrutar. Todos no podemos seguir el mismo camino. A mí no me gustaba el baile, así que no encontré novio».
«El perfume que más se vendía era ’chanel nº 5’»
«Mis recuerdos son los del Sestao de los Chávarri y los Rivas, los que iniciaron las fábricas en Bizkaia, y de ir a la escuela de la Rebonza. Nada de euskera, entonces sólo lo hablaban los aldeanos. Las profesoras que tuve fueron doña Elvira Trespaderne, que nos enseñaba algo de gimnasia por una orden que hubo del Gobierno, doña Aurelia San José, doña Asunción Galín y doña Gloria Gorrotxategi». Paula González (Portugalete, 7 de febrero de 1916) tiene una memoria prodigiosa. «Aprendí a bordar, que no servía para nada», dice. Soltera, hasta jubilarse se ganó la vida como dependienta en la Perfumería Garate, que aún permanece en el número 4 de la calle Astarloa, en Bilbao. «Yo uso agua de colonia fresca, pero mi perfume preferido es, si es español, ‘Myrurgia’. Si es de fuera, ‘Chanel Nº 5’, era el que más se vendía, por delante del ‘Nº 22’ y del ‘Coco’. Y luego, de Guerlain, me gusta el ‘Mitsouko’, pero no se vendía tanto». A Paula González le da «pena» no tener hijos, «pero tengo sobrinos». Cuando se rompió el fémur decidió mudarse a la Casa Misericordia. «Salud tengo, como y digiero bien, no abuso nunca, sólo de joven, el plato de alubias lo llenaba hasta arriba. Duermo bien. Paseo algo con el taca-taca, pero ya me canso. El corazón está bien, pero viejo», explica. A Paula le gusta vestir «decentita», «no sé si ahora habrá alguna modista, ahora es todo confección». «No me gustaba ir al baile, así que no encontré novio. Me gustaba más el cine. Ves muchos matrimonios que se separan. Pienso que igual me hubiese tocado uno hombre bueno o, quién sabe, lo mismo uno de esos que llegan a casa y calientan a la mujer».

100
SECUNDINA MONGE CUESTA
Achaca su longevidad a su salud. Se casó a los 22 años en León, para el banquete de boda la familia mató una ternera y ella hizo «18 mazapanes hermosos».
«He tirado del arado de hierro, eso sí que era trabajar»
Secundina Monge Cuesta (2 de marzo de 1916, Besande, León), esposa e hija de mineros, se muestra «orgullosa de tener cien años» y «contenta de llegar a otros cien». «En mi pueblo no hay nadie que haya llegado a esta edad». Huérfana de madre, «ella nos dejó un niño del día, murió de parto», Secundina se crió con su madrina. «Cuentan muchas que han trabajado mucho, pero no sé si habrán tirado del arado de hierro como lo he hecho yo. Me costaba porque la tierra estaba muy dura. Mi marido trabajaba en la mina en Guardo». Para evitar que sus dos hijos se emplearan en la mina, la familia se trasladó a Barakaldo. Secundina se emociona al acordarse de su hermano que murió en la guerra. «Nos enviaron sus pertenencias, su ropa y su reloj, ¿y para qué?». Su marido se empleó en La Naval y «en casa teníamos huéspedes porque él no me ganaba nada y los hijos eran pequeños». Hubiera preferido, dice, «casarse con otro con el que no tuviera que trabajar en el campo, pero me casé con uno que me gustaba y él estaba ciego por mí... Para el banquete matamos una ternera, reses y cabras e hice 18 mazapanes y bollos para los invitados». Sin pelos en la lengua advierte, desde el salón de la Residencia Igurco Bilbozar, que «no ha sido una mujer fea», aunque sí «una llorona». «Venía más guapa con la ropa que traía que con esto que me han dicho que me ponga», se excusa. Entrelaza los dedos con el collar de perlas y enseña los pendientes de brillos, «siempre voy así». «Si salgo en el periódico, bueno, pero si salgo en la televisión me vuelvo loca», asegura. «Yo no he hecho daño a nadie ni me he metido con nadie».

100
ALEJANDRA ROSARIO HUERTA LEZAMA
Viuda en dos ocasiones, perdió a sus dos hijos de joven. Vive en la Casa Misericordia. «Todos me llaman Rosario. Espero a que un día Dios me diga: ‘Te toca a ti’».
«Con mi segundo marido recorrí toda españa. conducía yo»
«Mi padre era de un caserío de Sopuerta. Tenía muy buen carácter y era un hombre de negocios, pero tuvo la gran mala suerte de morir el 1 de diciembre de 1918, a los 45 años, durante la gran gripe. Al quedarse mi madre viuda, mis abuelos se quedaron con la segunda de las chicas y el quinto de los chicos. Los otros restantes tuvimos que conformarnos con ir a un colegio de monjas mientras los mayores ayudaban a mi madre a sacar adelante el negocio, una tienda de ultramarinos donde, además de toda clase de comestibles, se vendían también alpargatas mientras, al mismo tiempo, hacía también de taberna a la que venían los clientes a beber vino en porrón». Rosario acabó casándose con uno de los milicianos que frecuentaba el bar. «Se fijó en mí y, por qué no decirlo, yo también me fijé en él». Su vida es toda una novela. Con la guerra tuvieron que salir de Bilbao, su hija nació en Olot y murió al de pocos años. También se le murió otro hijo en un accidente de tráfico y su marido, de cáncer. Tras años viuda, volvió a casarse con el que había sido su primer novio. «A pesar de ser trabajador y traer dinero a casa tuve que ser yo quien llevara la batuta», evoca. Se acuerda de lo bien que lo pasaban en vacaciones. «Recorríamos juntos España, yo era quien conducía». Pero «cuando cumplió 80 años, creo que Dios pensó, ya la has acompañado durante 32 años de tu vida, ahora es tiempo de dejarla. Se fue una noche y quedará en mi recuerdo como otro ser querido más en mi dura y larga vida». «Mi nombre es Alejandra Huerta y esta es la historia de mi vida», ha escrito.

100
TERESA GONDRA ARALÁS
Kortezubi, 13 de octubre de 1916. Vive en Txurdinagabarri. «Estábamos cerca, pero a la playa de Laida no íbamos. El que tenía ganado, como nosotros, estaba más obligado».
«Entrábamos a jugar a las cuevas de santimamiñe»
«Nací en un baserri que ahora está caído y que se encuentra saliendo de Arteaga para Santimamiñe. Se llamaba ‘Pradua’. Teníamos vacas y terneros. A la playa, nada, el que tiene ganado no puede ir. Diez hermanos hemos sido, uno tengo en Américas, como un hijo mío. Me gustaría ir allí. De niños jugábamos en Lezika, al pie del monte Ereñozar. Antes de que arreglaran las cuevas entrábamos para jugar al escondite. Allí había trece kilómetros o más. Cuando me casé compramos un Seat, conducía yo hasta Gernika. Al marido le echo de menos». Hace unos años fue a Estados Unidos a ver a su hijo, cuenta Teresa Gondra (Kortezubi, 13 de octubre de 1916). «Me mandó el dinero para ir y estuve allí ocho meses. ¿Que qué comía? Como aquí, alubias y garbanzos. Cuando bajé del avión no sabía ni por dónde empezar para hacerme entender». Teresa se casó «enamorada» a los 19 años. «Le conocí en Sopelana. Yo he estado de criada y de cocinera en el Bar Quintana desde los 16 o 17. Me retiré con 72 años. Dicen que soy buena en la cocina. Las alubias las cocía con un puchero que colgaba encima del fuego. Ahora se hacen encima de la chapa, pero poquito a poquito siempre sale más rico. Chorizo, tocino, un cacho de carne, zanahoria, puerro, cebolla, un pimiento verde si hay...». A ella, lo que más le gusta es el café. «No me quita el sueño. En la guerra lo hacíamos con hierbas secas». «Suerte», advierte, es lo que ha tenido para llegar a la centena. «Hay muchas cosas que me hubiera gustado hacer. Por ejemplo, coger otro marido, el mío se me murió, acompañar a los padres, que no hice y me pesa, estudiar...».

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CARMEN LARRINAGA TRÁPAGA
Suelen decirle que parece que tiene 80 años. Por las mañanas lee la prensa y por las tardes juega a la brisca en Txurdinagabarri.
«Ya no me quedan más que unos pocos sobrinos»
«Me hubiera gustado tener un taller de costura, pero acabé trabajando 22 años en la papelera de Aranguren, haciendo las bolsas destinadas a meter cemento. Necesitaban chicas, estábamos 40. Los hombres estaban en las máquinas y las chicas, para coser bolsas. Estuve contenta». Después, evoca, «me quedé viuda con un hijo pequeño y me vine con mi padre, que era portero en un edificio de Ibáñez de Bilbao». Carmen Larrinaga (Güeñes, 13 de noviembre de 1916) se acuesta cada día a las nueve y media. «Hay noches que me cuesta dormir porque tengo desgaste de cadera y me duele la pierna. Con mi edad no quiero ya operaciones. No sé lo que Dios me tendrá destinado. Tuve una sobrina que me decía ‘la tía Carmen tiene que vivir cien años y algo más’. Ya no me quedan más que sobrinos, algunos pocos». Viene de una familia numerosa que vivió en el caserío ‘Artekona’ de Güeñes. «Teníamos ganado, 111 ovejas, cuatro vacas, conejos, gallinas y fruta. Cogíamos en casa toda clase de frutas. Manzanas, uvas, peras... Mi madre hacía queso y luego bajaba al pueblo y lo vendía allí. Éramos cuatro amigas, Izaskun, Miren, Begoña y Mari Carmen, y lo pasábamos muy bien en la romería». No quiere acordarse de cuando «con 18 años, ataron a mi hermano para llevarle al frente en Madrid y al de ocho días le mataron. Mi abuelo estuvo detenido en los Escolapios, un anciano como era, y sólo porque le dio la gana al alcalde de mi pueblo. Yo no quiero saber nada de guerras. Veíamos desde casa a los que escapaban hacia la parte de Santander con sus carromatos, un horror».

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EMETERIO HERNÁNDEZ DOMÍNGUEZ
Fumador empedernido hasta los 70, padece de los bronquios. El frío le pone de mal humor. «Morirá de desgaste», dice su médico.
«Estuve de soldado tres años, qué se yo si con los buenos o con los malos»
Natural de Alba de Tormes, Salamanca, Emeterio Hernández Domínguez ha descubierto este año que se jubiló un año más tarde. Siempre creyó que había nacido en 1917, pero una sobrina que ha hecho un árbol genealógico descubrió que fue un año antes. Un 26 de septiembre. Fumador hasta los 70, en la actualidad tiene los bronquios echos polvo y hay que hablarle al oído izquierdo para que oiga. El frío le pone de mal humor, le gusta estar abrigado y, sentado, bien tapado con una manta. Viudo por dos veces, cree que el secreto de su fortaleza reside entre otras cosas, en que ha sido un gran nadador. «Mi padre era pescador de río. Recuerdo que una vez aposté con uno que era capaz de cruzar el río Tormes, que venía con mucha corriente, a nado. Y gané la apuesta. Yo aprendí antes a nadar que a andar. Y eso no se olvida». Ha trabajado «como guardagujas y guardabarrero en la Renfe», uno de esos oficios que trajo el tren y el tiempo se llevó. «También nos dedicábamos a meter las traviesas de las vías. Un oficio duro, sí señora, pero podía con ello». «Ahora como de todo, pero he pasado mucha hambre, tengo la suerte de no echar nada de menos». Siete años hace que está en la Residencia Naguspea de Zamudio. «El médico me dice que se va a morir de viejo, de puro desgaste», revela su hijo Joaquín. Emeterio estuvo de soldado en la guerra tres años «donde me mandaban, qué se yo si eran los buenos y los malos». Cuenta que los piojos llegaron en alguna ocasión hasta a «moverme un jersey de lana que tenía». «Así era».

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GUADALUPE HERRERA HERRERA
«No tengo vestidos, pero no me importa que me hagan fotos». Sastra de oficio, a esta bilbaína que nació «en la república de Begoña» le llaman Lupe.
«No estoy operada de nada ni necesito ir al médico»
A su único hijo, que supera ya los setenta, Guadalupe Herrera (27 de octubre de 1916, en la calle Cristo de Bilbao, que entonces pertenecía a la llamada república de Begoña) le riñe aún como a un niño pequeño. «Es que yo quiero que vaya por el buen camino. Él me hace andar mucho y a veces me canso». «Aquí, en la Residencia Jado, me dicen que estoy guapísima, ¡sí, preciosa!». Sastra de oficio, «que no modista», desde que salió de la escuela, Lupe se ha visto obligada ya a dejar de coser «chaquetas y pantalones», aquellos que confeccionó «para caballeros ilustres vizcaínos». «Ahora tengo las manos un poco secas», lamenta. No termina de creerse que haya cumplido los cien. «¿No son muchos? Madre mía, no me veo... ¿No soy un trapo? Yo estoy tranquila, sólo tomo una pastilla al día. Ahora me dedico a cantar jotas, bilbainadas o lo que salga. No he viajado, no sé nada de la vida», asume sin perder la sonrisa. «A lo tonto, a lo tonto se vive mejor. No estoy operada de nada ni necesito ir al médico para nada. Una vez estuve enferma porque un antibiótico me sentó muy mal y estuve en la cama varios días. Mal humor no tengo nunca, a no ser que me den algún motivo, tampoco soy tonta. Quisiera trabajar, para ganar, me gusta el dinero, el dinero es para todo». Guadalupe Herrera dice que ha aprendido «todo lo que me han enseñado siempre, incluso a conducir». ¿Conserva recuerdos? «La primera comunión, en la Basílica de Begoña. Fuimos toda la clase. ¡Qué día aquel! La maestra del pueblo, doña Escolástica. Mi marido, nos conocimos siendo niños...».

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CONCEPCIÓN FERRAZ
«Me gustaba ir a por agua a la fuente, entonces en Portugalete no había agua corriente en las casas».
«He pasado los cien años como si hubiera sido uno solo»
«No quiero saber la edad que tengo, he pasado cien años como si hubiera sido uno solo. Pienso que voy a vivir un año más, o más bien contemos un par», comienza el relato de su historia Concepción Ferraz, jarrillera de nacimiento (Portugalete, 5 de diciembre de 1916). «Tengo cinco hijos y... uno, dos, tres, cuatro... ocho nietos». Además de diez biznietos. «Dirán, esta vieja qué querrá. Pues no quiero nada ya. Pero ya que voy a salir en el periódico, no lo voy a romper. Aunque ¿qué voy a hacer yo ya con eso?». Concepción se expresa bien, es una mujer alegre, añade la palabra «cariño» en cada frase, dice que la chaqueta le sobra, «me la ponen para que no coja ya frío», y que «ha sido siempre una mujer buena». «Quito el polvo de mi habitación, froto donde se necesita frotar y hago la cama, cómo no lo voy a hacer, siempre tengo mucho que hacer», comenta esta centenaria que se empleó como interina mientras criaba a sus cinco hijos y que hoy reside en la Residencia Olimpia de Bilbao. «Nací en un sitio pequeño de Portugalete, en La Canilla. Bajaba a bailar a la plaza, mi madre no me dejaba y me escapaba. Conchita, solía decirme el que después fue mi marido, no te sientes a vernos jugar y vete a por agua, que te espera tu madre. Entonces no había agua en Portugalete y teníamos que bajar a la fuente a por agua. Mi madre siempre tenía trabajo para mí. Había lavadora, pero me gustaba ir al lavadero para no ir a la escuela. Me ponía a hablar con las señoras mayores». Concepción confiesa que a veces le duele la cabeza, «será por la calefacción». «Ay, y cómo me gusta el pan».