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ARTCIONES ESCRITAS. A Gehry le arrebataron de niño su preciada cartera metálica para chutarla como si fuera un balón. Cuando se la devolvieron lloró, pero se consoló rápido con una idea... Veinte escritores vascos homenajean al museo con sus cuentos

E1

Jumaane

Toti M. de Lezea

Acudía al Guggenheim todos los primeros martes de mes desde hacía veinte años. Aparecía dos horas antes del cierre y era el último visitante en abandonar el museo. Estudiaba una obra en cada visita y acabó convirtiéndose en un experto, capaz de iluminar a cualquiera acerca de la esencia implícita en el arte que contemplaban, solo al alcance de los entendidos. Pero quería más; quería colgar su propio cuadro en la famosa pinacoteca. Se aprendió de memoria todos los rincones del edificio, controló las idas y venidas del personal, vio películas de robos y suplantaciones, leyó novelas sobre el mismo tema y, finalmente, se decidió. Pintó en verde, con un punto gordo negro en el centro, una tela del tamaño de una cuartilla comprada en un almacén y la firmó tras buscar un nombre en la wikipedia: Jumaane, «nacido en martes» en idioma swahili.

Después, le pegó cinta adhesiva de doble cara, la ocultó en el bolsillo interior de su gabán y buscó el emplazamiento idóneo para colgarla, uno discreto al final de una pasarela. Al siguiente martes fue directamente al lugar, pero ya habían quitado su cuadro. Llevaba otro, esta vez en azul, y lo colgó en un rincón diferente. También desapareció. Y repitió la operación durante un año entero, 52 semanas, 52 cuadros, todos similares: un único color y un punto negro en el centro.

Siempre desaparecían. Un martes los vio colgados, todos juntos en una pared inmaculadamente blanca. Buscó el folleto, leyó el título: ‘Caleidoscopio tonal cósmico LII, de Jumaane’, y sonrió. Al observar su interés, el amable vigilante de sala lo informó de que se trataba de una nueva adquisición. Y al preguntarle él sobre el autor, el hombre respondió que debía de ser un afamado artista extranjero. Su risa se escuchó hasta en el último recoveco del genial edificio.

E2

Respira el mundo

Juan Carlos Márquez

Ya le he dicho que no he tenido nada que ver. Yo sólo le di la llave del cuarto de baño, como tengo por costumbre hacer decenas de veces cada día con otros clientes. De pronto sienten la necesidad inaplazable de orinar o un apretón y no pueden esperarse a llegar a sus casas. Eso es lo más normal. Hemos tirado la puerta abajo y su mujer no está dentro, así que no me venga con exigencias. Yo no la he visto salir, vale, pero tampoco tengo por qué verla. No es mi mujer. Por el ventanuco no ha podido salir. En eso le doy la razón. No quisiera alentarle falsas esperanzas, pero, venga, acérquese: hace tiempo una turista japonesa desapareció en este mismo lavabo y a los dos meses reapareció en una performance de Sabine Molenaar en el Museo Guggenheim de Bilbao como si nada. Esas cosas ocurren, créame, pero nadie quiere darles crédito. No interesan. La vida está llena de momentos inexplicables: uno se suena en un pañuelo plegado de papel y cuando lo desdobla, como suelen los magos, aparecen pintados unos pulmones. Sí, señor. Así respira el mundo, a fuerza de extrañezas.

E3

Esperando a Beckett en el Guggenheim

Felipe Juaristi

Me pasé la tarde en el Museo Guggenheim, viendo la exposición sobre Samuel Beckett. Aunque quería ser completa y en el catálogo se transmitiera dicha idea, salí de la misma con la sospecha de que algo nos habían ocultado. No había muchas fotografías de Beckett; pero sí había una, hermosa, de Cartier-Bresson, donde aparece en su escritorio. No sabemos adónde mira, ya que su cuerpo se extiende más allá de la hilera de libros. Y su mirada... La mirada del poeta es un milagro en sí, porque tiene los ojos quemados de contemplar el sol, o la verdad. Había otra de Richard Avedon, con un Beckett relajado, las manos en los bolsillos y cierto aire de profesor. Había libros: primeras ediciones, en diferentes lenguas. Pude contemplar la edición de Alberdania de ‘Godoten esperoan’, traducido por Juan Garzia.

Hubo un tiempo en el que esa obra estuvo conmigo, pero no sé si me sirvió de algo en la vida. También vi un retrato del bar Beckett de Azkoitia: en su tiempo, un templo. Todo ello me enseñó que las manos del azar son largas y tortuosas.

Bajé a la cafetería. Me encontré con Anaisabel Zubiri, poeta y musa. Pedimos café para ambos. Confesé, no sin cierta hipocresía, que me había gustado la exposición; y ella me respondió que no encontró lo que esperaba. Pregunté qué esperaba, y respondió que una fotografía de Peggy Guggenheim con Samuel, pues, por lo visto, fueron amantes. Respondí que, en cuestión de amores, son más las historias dignas de ser ocultadas que las que merecen ver la luz. Respondió que la vida privada de un escritor se hace pública en lo escrito.

Ella se encontró con un amigo y corrió hacia él. Los vi besarse de forma ardiente, y entonces maldije el destino de quienes esperamos que un beso cambie nuestro destino.

E4

Escaleras

Bernardo Atxaga

Fui a Rusia con Paco en la época de Brezhnev, cuando todavía ondeaba la bandera roja. Cruzamos la frontera y llegamos a Leningrado, la actual San Petersburgo. Pocas horas después, subíamos los dos por las escaleras de mármol blanco del Museo del Hermitage, doble escalera en forma de lazo. Yo subí por el lado derecho; Paco, por el izquierdo. Nos encontramos arriba, nos despedimos: «Dentro de dos horas, ahí, en medio de la plaza».

Pasó el tiempo, y allí estaba Paco dando de comer a las palomas. «¿Qué te ha parecido?», le pregunté con cierta aprensión. No era un entusiasta de los museos, lo sabía. Durante el viaje habíamos parado en cinco ciudades, cada cual con su museo, y Paco no había querido saber de ninguno. Ni siquiera Van Gogh había ablandado su corazón. Le miré a los ojos. Luchaba por encontrar algo positivo. Encontró lo que quería, se le iluminó el rostro. Dijo: «Las escaleras, ¡cojonudas!».

Volvía a encontrarme con Paco en Bilbao, diez años más tarde, cuando en Rusia ya mandaba Boris Yeltsin y la bandera roja apenas ondeaba. Se acababa de inaugurar el Guggenheim al modo de casi todas las inauguraciones, en medio de burlas y tristes profecías. «¿Por qué no vamos?», dije a Paco. Estuvo de acuerdo. Fuimos. Pasamos junto al perro recubierto de flores. Nos despedimos. «Dentro de dos horas, aquí», dije. «Dando de comer al perro», sentenció Paco.

Pasó el tiempo, y allí estaba Paco, no donde el perro, sino en la cafetería, leyendo el periódico. «¿Qué te ha parecido», le pregunté. Sentía la misma aprensión que en Leningrado, la actual San Petersburgo. «¡Ni comparación con el Hermitage!», exclamó. «¡Vaya escaleras de mierda! ¡Por poco me descalabro!»

Paco, si lees estas líneas, acuérdate de mí, me muero por visitar museos contigo.

E5

Principio de resurrección

Iratxe López

La mujer se detuvo frente al estanque. Llevaba horas caminando sin rumbo, la mano dentro del bolsillo, sujeta a la carta. Horas buscando un porqué escurridizo que escapaba como arena entre sus dedos. Observó la estructura de titanio, los destellos de sol sobre la piel argentada y pensó que tal vez la incesante lluvia de sus ojos podría reflejar algo de luz; si lograba concentrarse un segundo, el espejo hecho trizas en el que ella misma se había transformado conseguiría robar brillo a aquellas láminas plateadas.

Le costaba tomar aire, mantener el pulso, encontrar en sus recuerdos huellas de felicidad anteriores a la presencia del hombre cuyas palabras habían secado su alma. «Perdóname –tembló al recordar el obsceno discurso– dejé de sentir, debo marchar». La sentencia se instaló en su cerebro, hiriéndola, sumándose al resto de espinas trazadas con pulso firme en el folio asesino. Inspiró con dificultad, como si sus pulmones se negaran a abrir paso a la vida. Percibió que la sutileza del miedo invadía el vacío. Y levantó la vista suplicando piedad a un dios en el que no creía, implorando esperanza, una señal. Entonces, cinco lenguas de fuego brotaron del agua.

Armadas con el último resquicio de valor, sus manos rescataron el papel. Ardía en los dedos, quemaba los ojos. Despacio, como quien maneja material inestable, lo fue doblando hasta convertirlo en un barco. Y lo lanzó al breve lago en busca de su destino. Directo a un infierno que ahora compartirían.

E6

A la caza del cocodrilo

María Jesús Cava Mesa

Literalmente, ella quería cazar cocodrilos. Abrimos la linterna del móvil. Era suficiente para iluminar el camino. Nada ni nadie podría disuadir a Lucía. Y transitamos por aquel itinerario que había intuido delirante. La aventura, afrontando algo tan gigantesco, significaba seguir un impulso que exigía sangre fría. El instinto le guiaba. Se sobrepuso ante cualquier temor. Y pude ver cómo se preparaba para caminar con el arrojo inconsciente que sólo los muy curiosos derrochan. No hubo manera de convencerle para que experimentara otras alternativas. Había que adentrarse en la jungla de acero corten. Allí sólo nos topamos con un par de grandes cazadores que retornaban por la obligada ruta del laberinto rezumante de óxido. El bochorno en aquel mediodía destilaba un aura de humedad que, junto con la excitación ante lo trepidante del reto, acentuaron la pátina que perlaba su carita. Sorprendía el diminuto liderazgo de la patrulla que componíamos. Porque Lucía lideró la marcha a través de aquella misteriosa y mágica serpiente, adhiriendo la materia del tiempo a su propia vida, sin dudar un segundo. Había esperado tres años para poder hacerlo. Su deseo se materializaba queriendo controlar el epicentro de la búsqueda, pero el cocodrilo había huido. Comprendió que allí sería difícil encontrarlo. No importaba. Se mantuvo firme hasta llegar al núcleo de la jungla oxidada, superando el último laberinto. Recorrió resuelta y libre aquel claustrofóbico itinerario circular sin marearse. Había atravesado con su sonrisa a la serpiente y había llegado hasta el último confín a paso ligero. Decidimos regresar y vi que la fascinación por el gran terrier floral se había desvanecido al saber superado ese otro avatar. Prometió, sonriente, que volvería a intentarlo.

E7

Sueño que Frank Gehry sueña

Kirmen Uribe

Un niño de unos tres años está dentro de su cuarto. Se acerca a una caja donde guarda los juguetes. Parece que está buscando algo, pero no, empieza a vaciar la caja. Uno a uno va sacando todos los juguetes, un balón, muñecas, pelotas, piezas de un puzzle, una matriusca... Cuando la vacía, sale de su cuarto arrastrando la caja por toda la casa. Pasa por la cocina, donde están haciendo la comida. Nota que están hablando de algo pero no entiende muy bien de qué. Pasa por el cuarto de sus padres, que están discutiendo. Recorre el pasillo mientras se cruza con familiares. Cuando pasa por delante del baño, oye que en el interior alguien está llorando. Llega al cuarto de estar. Pone la caja en el centro y se mete dentro. Se tumba, cruza los brazos y se pone mirando al techo.

Ha puesto la caja junto a un ataúd. El de su abuela. Era la que jugaba con él.

Frank Gehry tuvo este sueño la noche anterior a la inauguración del museo. Pronto, lo achacó a la copiosa cena del día anterior y no le dio demasiada importancia.

No tardó en olvidarlo.

E8

La abertura cónica

Mila Beldarrain

Hay días de sol tan negros como la boca del lobo. Ocurrió de pronto. Al principio, ni siquiera me di cuenta de que me acababan de robar el alma, que se la habían llevado a un lugar oscuro y perdido, que yo ya no era nada. Pero enseguida lo supe, en cuanto dejé de ver el sol, en cuanto la Gran Vía, la gente, los semáforos se volvieron negros. Estaban ahí los dos, cómplices, queriéndose delante de mis narices, guapos y felices. Descubrí mi imagen en el cristal de la cafetería. Sentí asco. Fea, dañina, mediocre y rencorosa, era una rata pordioseando cariño. Todo lo bueno que yo tenía se había ido con ellos. Creo que una vez lo sospeché. Pero no quería sentir tanto daño. Era mi amiga, era mi compañero. Y les dejé ahí alardeando de su felicidad. Sé que anduve mucho rato sin sentir nada, pero el vacío duele, yo no sabía que dolía tanto. Anduve, anduve, anduve. Después tuve hambre y me rebelé, si no tenía alma, si estaba hueca y sin luz, no podía sentir hambre, pero la sentía, era un hambre rabiosa y triste. No sé cómo llegué al Guggenheim. ‘Puppy’, el guardián de los sueños eternos, me dejó pasar. Me detuve a contemplar el edificio. Hermoso como un hermoso pez gigante. Sinuoso y ágil, como la vida buena. Yo ya no tenía vida buena. Pero estaba allí. Recordé, «contornos casi orgánicos», eso había leído, «escamas de pez, forma de flor visto desde arriba». Vida, vida, vida. Y entonces supe que allí estaba mi alma escondida en alguna parte. Entré, recorrí las galerías, intuía su pálpito, igual que antes había intuido aquella traición. Pero esta vez iba a hacer caso. Y la encontré, Estaba en la Galería 301. Me esperaba. De piedra suave y rosa. Ancestral y sabia. La abertura cónica la guardaba para mí. Porque el espacio y la luz atravesaban tan limpiamente el granito, que me volví a encontrar, volví a ser yo, moldeada de nuevo con el espacio y la luz ante el ‘Espacio para el Espíritu’ de Eduardo Chillida.

E9

El mundo nunca es suficiente

Pedro Ugarte

En ‘The world is not enough’, en la escena anterior a los títulos de crédito, James Bond consigue zafarse de los malos, como suele, tras una fuga rocambolesca. La escena se desarrolla en un edificio de oficinas de Bilbao, justo enfrente del Museo Guggenheim. Tras usar a un forajido como contrapeso, desciende por medio de una soga desde un alto piso hasta hacer pie sobre la acera, con la elegancia que siempre le caracteriza. En ese momento recompone el gesto, se ajusta la chaqueta y, portando una maleta que contiene quién sabe qué documentos secretos, Bond huye del escenario, a paso ligero, mientras a su espalda se produce una concentración de coches-policía que acuden al escenario, donde yacen, abandonados a su suerte, unos cuantos cadáveres y varios indeseables.

La huida del agente secreto transcurre por el puente de La Salve, hacia algunos de los barrios más humildes de Bilbao. Después de los títulos de crédito, el devenir del argumento le llevará a lugares más exóticos e interesantes, pero yo aún me pregunto qué hizo aquella tarde James Bond, cuando por fin se supo a salvo, me pregunto si descansó en algún lugar, me pregunto si se sentó en algún banco de los pequeños y tristes parques de Trauko o de Matiko, me pregunto si llegó hasta el barrio de Begoña, me pregunto si se dio un respiro y tuvo tiempo de observar el vecindario y estudiar los rostros de la gente, me pregunto si tomó un café o una infusión, si llegó hasta la taberna de mi padre.

E10

La primera piedra

Itziar Mínguez Arnáiz

Cualquier excusa era buena para saltarse una clase en la universidad, incluso ver cómo colocaban la primera piedra de ese proyecto que iba a transformar la ciudad o, al menos, eso era lo que aseguraban aquellos señores encorbatados durante el acto institucional. Nos entró la risa en plena ceremonia y nos fuimos tratando de no hacer demasiado ruido. ¡Un museo Guggenheim en Bilbao! ¿A quién se le ocurre? Aquello sería siempre La Campa de los Ingleses. Además, yo no quiero que sea otra cosa, añadiste mientras contemplabas el desolado paisaje que tantas veces habíamos transitado creyéndonos protagonistas de una película de ciencia ficción. Entonces nos besamos, por primera vez.

Después de la piedra fundacional vino todo lo demás y, casi sin darnos cuenta, estaban inaugurando el museo. En el lugar donde se hallaba nuestro escenario de ficción había un enorme buque plateado que surcaba un asfalto abarrotado de gente entre la que nos encontrábamos. Después del acto inaugural me dijiste: tenemos que hablar. El silencio llegó justo después de tus palabras.

Hasta hoy. Veinte años después vuelves a retrasarte. O tal vez sea yo quien ha llegado demasiado pronto. Eso también es ser impuntual, solías decir. Me cuesta reconocerte entre la multitud de periodistas acreditados que viene a cubrir la noticia del 20 aniversario del Guggenheim Bilbao. Si no fuera porque leo tu nombre en la acreditación no estaría segura de que eres tú. Tú, en cambio, dices que estoy igual, que no ha pasado el tiempo por mí. Pero el tiempo siempre pasa. Aquí no queda nada de la Campa de los Ingleses, ni de ti ni de mí. Transformados, desde esa primera piedra que nos fundó, aparentamos ser los mismos. Y eso es todo.

E11

Bazkaltzera

Arantxa Urretabizkaia

Betiko orduan, betiko lekuan» esan zuen, hitzez hitz, tramankulua eten aurretik. Banekien mezuarekin beste zerbait esaten ari zela, adibidez, hamaika aldiz errazago litzatekeela waxap bat bidaltzea, baina zure teknofobiak deia egitera behartzen nau, edo antzeko zerbait. Teknofobia hitzarekin dago tematua azken boladan.

Nekerik gabe ezabatu nuen mezuaren azala eta mamiarekin gelditu nintzen. Betiko lekua, Guggenheimen ataria, betiko ordua, eguerdiko ordu biak. Eguna, hileroko azken ostirala. Ohi bezala, ez betidanik. Bai, ordea, etxetik alde egin eta handik gutxira ohitura finkatu genuenetik: hileroko azken ostiralean elkarrekin bazkaltzen dugu, museoan bertan. Adiskide bagina bezala.

Uste dut ama hil zitzaidan egunean piztu zitzaiola ni babesteko joera, elizkizunetan bertan, besoa bizkarrean jarri zidanean. Zaintzen nau, urrutitik bada ere eta ez naiz oraindik horretara ohitu. Agian batak bestea zaindu nahi luke, baina ez naiz hori adieraztera ausartzen, ez luke onartuko.

Gazteen irakasle ziren zaharrak ni gazte nin-tzenean, gazteak dira orain zaharron irakasle. Gureak ez omen du balio mundu honetarako, gu iraganean omen gaude, gurekin batera desagertzeko zorian dagoen munduan. Hankaz gora jarri dugu mundua eta orain jasotzen dugu ordaina.

Esan behar nion nahiago nukeela hileroko azken ostiraletan etxera etorriko balitz, baina badakit berak nahiago duela jatetxea eta ez bakarrik bere lantokian bertan dagoelako. Neronek pentsatzen dut etxez aldatu beharko nukeela, gurean heriok arrasto gehiegi utzi duelako, sarritan bururatzen zaidalako han dagoela nire zain, korridorearen buruan.

Ez dut, ordea, horretarako indarrik. Justu heltzen zait kemena jantzi eta betiko egunean betiko orduan eta lekuan garaiz egoteko.

E12

La puerta de R’lyeh

Fernando García Pañeda

Después de incontables eones vagando entre sueños abrí los ojos y quedé paralizado ante el horror de una estructura monstruosa, una acumulación de mampostería ciclópea con tamaño inabarcable. Aquel... (no se podía llamar edificio) aquella deformidad de ángulos erróneos y desconcertantes estaba recubierta con una especie de escamas descomunales de un color inexistente en el espectro visible por el ojo humano, semejante a un herrumbroso musgo refulgente. Frente a esa anomalía prismática de geometría no euclidiana, las paredes se retorcían ilógicamente, despreciando cualquier norma de perspectiva y contrariando todas las leyes de la materia. Al entrar en esa perversión arquitectónica, las segundas miradas encontraban concavidad donde antes se había creído ver convexidad, creando una sensación vertiginosa, sin que se pudiera afirmar si el mismo suelo era horizontal. Las formas no se correspondían a las dimensiones comprensibles por la mente. A su lado, la estatua de algún ente monstruoso recubierto de fango verdoso cambiaba de imagen y forma con pátinas insondables.

Aquello, sin duda, era el impronunciable Ggu-Hemh-Ehim, la puerta de la ciudad muerta de R’lyeh, donde el Gran Cthulhu y sus hordas aguardan soñando...

– Señor Gehry, señor, ya estamos llegando a Nueva York –le despertó su asistente–. Estamos a punto de aterrizar.

– ¡Oh, por Dios! Recuérdeme que no vuelva a comer esas malditas alubias y esos... sacramentos. Me sientan peor que un tiro.

– Entendido. En todo caso, espero que el viaje a Bilbao le haya resultado provechoso. Frank Gehry, con aire pensativo, respondió:

– Sí. De hecho, creo que puedo tener una idea más concreta sobre el proyecto de ese nuevo Guggenheim.

E13

Superdientes

Harkaitz Cano

El nuevo reality se llamaba Superdientes y tenía una mecánica muy sencilla: ganaba el primero que se quedaba sin dientes. Para ello, por supuesto, era preciso llegar al programa con la dentadura intacta y todas las piezas bucales en perfecto estado, muelas del juicio incluidas. Los doce elegidos, seis hombres y seis mujeres, debían irse despojando poco a poco de sus incisivos, caninos, molares y premolares. El orden de caída o extracción era indiferente y el instrumental a su disposición muy rudimentario –cuando no inexistente–, si bien a medida que se iban eliminando concursantes existía también la posibilidad de ganar privilegios (dentistas con o sin titulación, odontología con o sin anestesia, etc.). Añadan a eso los comodines: el comodín del público (el concursante podía elegir a alguien de la audiencia para que le sacase la muela) y el supercomodín de la tenaza Glue, un instrumento que permitía extraer la pieza elegida de forma totalmente indolora, pero que solamente podía emplearse una vez. Se establecieron, además del premio gordo, diferentes categorías como la de Miss y Míster Sonrisa Mellada, que el público votaba telefónicamente. Las estrategias para quedarse sin dientes eran de todo tipo: desde provocaciones que acababan en peleas con puñetazos en la cara hasta muelas atadas con hilo a puertas, así como los más variados y variopintos métodos de automutilación que uno pueda imaginar. Conforme iban transcurriendo las semanas, no solamente variaba el rostro y el rictus de los participantes; su estructura óseo facial se veía también mermada y la imposibilidad de ingerir ciertos alimentos sólidos iba haciendo mella en los concursantes.

El premio consistía en un millón de euros y una dentadura de titanio que acabó llevándose un rapero argelino afincado en Otxarkoaga. «Es como meterle un bocado al Guggenheim», afirmó exultante el ganador de la primera edición. Hubo más temporadas, pero ninguna tan vibrante y comentada.

E14

El atestado

José Javier Abasolo

Aquella vez fue la única en la que falseamos un atestado. Aunque más que falsearlo nos limitamos a omitir un dato fundamental. Pero se trató de una omisión plenamente justificada.

Quedaban tan sólo dos días para las celebraciones del vigésimo aniversario del Guggenheim cuando desde la central nos avisaron sobre un extraño incidente ocurrido en los aledaños del museo, junto a la escultura de la araña. Como estábamos patrullando cerca del lugar no tardamos casi nada en llegar hasta allí y lo que encontramos nos sumió en un alto grado de perplejidad. Debajo de la araña se encontraban, maniatados y aterrorizados, tres hombres cuyo aspecto delataba su origen árabe, lo que confirmamos cuando se pusieron a hablar atropelladamente en su idioma. Afortunadamente dominaban también el castellano y cuando lograron serenarse nos confesaron que tenían la intención de realizar un atentado suicida el día del aniversario. Estaban hablando sobre ello, mientras recorrían la trasera del museo, cuando de repente, sin que hubiese ninguna persona cerca, unos extraños cables, así los definieron, se abalanzaron sobre ellos, sujetándoles fuertemente e imposibilitándoles escapar, dejándoles en el estado en que les encontramos.

La historia sonaba muy extraña. Y esa extrañeza aumentó cuando Erlantz, un compañero recién salido de Arkaute, nos indicó que el material con el que estaban atados los yihadistas era el mismo con el que estaba elaborada la escultura.

– ¿Sabéis que el nombre oficial de la araña es ‘Mamá’? –añadió–. Y si hay algo que caracteriza a las madres es su afán por proteger a sus hijos.

Íbamos a decirle que dejara de desvariar cuando, no sabemos cómo, la araña bajó su cabeza y nos sonrió, para volver a los pocos segundos a su posición habitual.

Por eso falseamos el atestado o, como he dicho antes, omitimos un dato fundamental. Nos gusta nuestro trabajo y somos conscientes de que no podríamos seguir ejerciéndolo si nos encerraran en la habitación de algún lúgubre centro psiquiátrico.

E15

La cartera de Frank Gehry

Juan Bas

Hará como una década fui jurado en un concurso de cuentos que convocaba el museo Guggenheim de Bilbao. Los breves relatos tenían que tratar de algún modo del museo y el concurso estaba dividido por categorías de edades. En la de los más pequeños hubo un cuento que me encantó por su originalidad e ingenio; además estaba bien escrito. A mis compañeros del jurado les gustó también y fue el que escogimos ganador.

El día que se daban los premios tuve curiosidad por saber quién había escrito aquel cuento. Y pensé que era probable que el niño en cuestión hubiera contado con la ayuda de sus padres. Era una niña. El brillo de la inteligencia en su mirada y la seguridad y convicción con que leyó su cuento ante el público me demostró sin duda que ella era la única autora, sin necesidad de ayuda. Después, hablé un poco con la niña y con sus padres. La madre, a la que se notaba orgullosa de su hija, me contó que a la niña le gustaba mucho leer, y también escribir. Cuando le dijo que yo era escritor, la niña me miró con algo de curiosidad y sonrió sin decir nada. No me acuerdo del título del cuento, pero sí de su argumento.

Cuando Frank Gehry era niño sus padres le compraron una cartera metálica para el colegio. En ella llevaba el bocadillo, los libros y sus cosas. La cartera, plateada y brillante, no se parecía a las de los demás y despertaba la envidia de los compañeros de Frank. Un día, unos niños algo mayores que jugaban al fútbol en el patio del colegio encajaron el balón. Entonces se les ocurrió quitarle la cartera metálica a Frank y jugaron con ella al fútbol. Cuando se la devolvieron, toda abollada, Frank lloró en un primer momento, pero se consoló pronto. En las caprichosas formas del metal ondulado por las patadas vio el edificio que muchos años después iba a construir.

E16

Vistas a la ría

Francisco Javier Sagastiberri

¿Para qué hostias te sirve la pasta si no sabes gastarla?

La reunión tuvo lugar en la oficina de siempre. Pero todo era mucho más viejo, casi decrépito. Los altos techos estaban desconchados, la mesa rayada, daba pena verla. Y qué decir de don Celso, ochenta y cuatro años de mala baba, una calva redonda poblada de cráteres y de manchas color tabaco, cejas espesas y la misma nariz bulbosa. El sobre me esperaba en la esquina de la mesa, deformado por los billetes de quinientos. Conté cuatrocientos. El mismo importe al final del trabajo.

– Ha de ser el jueves.

– Hecho.

Me acerqué por la espalda. Un tiro en la nuca y me alejé lentamente. Diez largos años sin empuñar un arma. Diez años pobre por amor a Laura.

Subimos hasta el quinto. La coloqué frente al museo. Cayó la noche y el Guggenheim se iluminó como una nave en llamas. Los ojos de Laura lloraron y parpadeó tres veces. Eso en nuestro léxico significaba «gracias».

A Laura le diagnosticaron ELA dos años atrás. Ya sólo podía mover los ojos: abrirlos y cerrarlos. Antes de eso daba clases de arte. El Guggenheim la fascinaba. Decía en broma que si fuera rica lo compraría. Aquel piso, que daba a la ría, estaba en venta. Lo visité: la vista era espléndida. Casi me sentí dueño del museo.

Cogí la mano de Laura y así permanecimos unas horas hasta que por fin parpadeó cuatro veces: eso significaba «ahora». Apreté el cojín contra su cara. Cuando fui a cerrarle los ojos, observé que el museo se reflejaba en ambas pupilas. La dejé tal cual, propietaria al fin del Guggenheim.

Abandoné Bilbao sin mirar atrás. Más de uno pensará que la compra de aquel piso fue un despilfarro. Pero yo me digo: ¿Para qué hostias te sirve la pasta si no sabes gastarla?

E17

Los fantasmas del Guggenheim

Félix G. Modroño

El pasado 4 de mayo caminaba de madrugada por Abandoibarra haciendo fotos nocturnas del entorno de la ría cuando al llegar a la altura del Guggenheim me estremecí sin saber muy bien por qué. Me pareció oír voces en inglés sin que inicialmente atisbara a adivinar su procedencia. La noche estaba en calma y a esas horas no se veía un alma por la calle. Claro que las almas no se ven… ¿o sí?

A mi alrededor todo se encontraba detenido, ni siquiera los coches atravesaban el puente de La Salve. Su cálida iluminación era lo único que reflejaban las setenta y tres bolas de la escultura de Kapoor que yo me disponía a fotografiar. Me acerqué a la puerta del museo en busca de una perspectiva distinta y, por un instante, me dejaron de llegar aquellos gritos inquietantes.

Sin embargo, al observar las bolas de acero a través del visor de mi cámara pude ver numerosas sombras que bailaban sobre ellas. Hice un disparo con la cámara y comprobé el resultado en la pantalla. En la imagen no había rastro de las sombras que yo acababa de ver con mis ojos. Aun así, seguía percibiendo una presencia extraña.

De repente oí cómo esas voces gritaron ¡Goal! Ahora sí que los escalofríos me erizaron la piel. Esas sombras parecían estar jugando al fútbol en el interior del museo. A mi pensamiento llegó el recuerdo de que el Guggenheim se encontraba sobre los terrenos donde antaño los marineros ingleses enseñaron a jugar al fútbol a los bilbaínos, junto al cementerio británico.

Aún atenazado por la impresión, con los dedos temblorosos, consulté en mi teléfono para comprobar que el primer partido entre foráneos y bilbaínos se había celebrado en 1894. ¡El 4 de mayo! Ahora estaba seguro de que alguien lo festejaba desde el más allá. O es que quizás los ingleses se habían negado a abandonar su campa.

E18

El estudiante

Galder Reguera

La ventana del autobús hacía las veces de marco de aquel cuadro. A través de ella, el estudiante se deleitaba con el juego de trazos imposibles de hierro, fantaseando cuál sería la forma final de la estructura. Cada día se le antojaba distinta. Otros no lo intuían, pero él sí, el efecto mariposa que cada nueva pieza del rompecabezas podría producir en el aspecto definitivo. Quizá los añadidos diarios fueran imperceptibles para la mirada fugaz, la eventual. Pero no para él, que cada mañana desde el primer día de las obras y a través de la ventana del bus, recorría con sus ojos cada tramo de aquel esqueleto de hierro oxidado, que podría dibujar de memoria, en busca de avances que le ayudaran a pensar en qué desembocaría todo aquello.

Y tras ese ejercicio, cuando el autobús arrancaba de nuevo dejando atrás la obra, el estudiante agradecía (como solo se agradecen los milagros) la puntualidad británica del chófer, la programación matemática del semáforo del puente de Deusto, en rojo a 8:47 horas durante dos minutos y veintiséis segundos, y, sobre todo, la confluencia de ambos factores, que le regalaban día sí y otro también la misma vista. También, claro, lo improbable de toda vida y en particular de la suya, esa acumulación de casualidades: haber nacido en 1975, tener ahora veinte años, estudiar filosofía en Deusto, vivir en Mungia, no tener coche y, por todo ello, ver crecer a diario, como se ve crecer a un hijo, aquel prodigio de piedra y hierro y, pronto, de titanio.

E19

Ipuin txinatarra

Txani Rodríguez

Guggenheim Museoaren zabaldegiaren erdian kokatu nintzen, urduri, eskuak itxita. Eraikinaren barruan, ‘Txina: 5000 urte’ erakusketaren prentsaurrekoa. Herrialde erraldoi horren arte tradizionala eta modernoa batu zituen lehen erakusketa izan zen hori. Herritarren artean, jakina, ikusmina sortu zen. Hori dela eta, nik ez nuen inolako zalantzarik: prentsaurreko horretara joango zen bera. Oso garrantzitsutzat jotzen zuen bere burua. Hain zen ergela.

Eta ez nuen huts egin. Gehiegi itxaron gabe, jendetza artean bere itxura dotorea ikustatu nuen eta hurbildu nintzaion.

–Zer egiten duzu hemen?– galdetu zidan harrituta. Atzetik zetorkion nire adineko emakume lirain eta sofistikatuak besotik heldu zion, belarrira zerbait xuxurlatu, eta alde egin zuen.–Zer nahi duzu?

–Gogoan al duzu Txinara egin genuen bidaia? Kamiseta hau oparitu zenidan– erantzun nion.

Txinako Harresi Handiaren margoari so egin zion, tutik ere esan gabe.

–Badirudi harrezkeroztik 5.000 urte igaro direla– esan nuen txantxetan. Berak ez zuen barre egin. –Soldadu txinatarrak gogoratzen al dituzu? Uniformeen lepoetan orratzak jartzen zizkieten buruak goratzen ikas zezaten. Lepoaren jarrera zuzentzeko sistema aparta, egia esan.

–Mesedez, utz nazazu bakean. Erredakzioara itzuli beharra daukat.

–Zuk, aldiz, bihotzean eraman beharko zenituzkeen orratzak, errukigabetasun hori zuzentzeko.

–Tira, aski da.– Mazarredo zumarkalerantz abiatu zen. Nik eskuak gehiago itxi nituen, amorratuta. Gero, atzetik joan nintzaion, korrika.

–Aita! –oihu egin nuen–. Aita!

Aurpegia bihurtu zuen niri begiratzeko.

–Atzo lurperatu genuen, aita. Bazenekien, ezta? Ez zinen hileta-elizkizunera ere agertu–leporatu nion, negar-malkotan.

Atzera begiratu gabe joan zen. Nik eskuak zabaldu nituen eta orratzak lurrera erori ziren. Ez zuten hotsik atera. Odola garbitzeko, kamiseta txinatar zatar hori erabili nuen.

E20

Self Service

Luisa Etxenike

¿Me hace usted un selfie, joven? –le pidió la mujer mientras le tendía el móvil–; es para mandársela a mi nieto por WhatsApp. Vive lejos.

No tenía prisa; así que dejó las bolsas de la compra en el suelo, le sacó la foto sobre el fondo plateado del Guggenheim, y le devolvió el teléfono diciéndole:

– Selfie es cuando uno se hace la fotografía a sí mismo.

No había podido evitarlo. Él era así, «un dador de lecciones» como solía repetir Anita. Qué intacto el timbre de su voz en el recuerdo.

– Sí, gracias, ya sé –respondió ella, sonriéndole–, pero a los otros no les tiembla el pulso, y yo quedo mejor.

La anciana se había marchado en dirección al museo, pero él seguía allí quieto, en medio de la calle, sin decidirse a recoger las bolsas, aunque se habían volcado un poco y asomaban las bandejas de precocinados y las latas.

«Ahí te quedas», le había dicho Anita, y no le había temblado el pulso; seguro que no. Un corazón sereno ya, indiferente.

Créditos

Director: José Miguel Santamaría
Coordinación: Zuriñe Ortiz de Latierro, Carmen Barreiro
Fotografía: Iñaki Andrés
Vídeos: Marta Madruga
Cámara: Igor Gandiaga
Diseño: Diego Zúñiga / Iker Barinagarrementeria
Maquetación: Aldo Troccoli